El mar, la mar o como quiera que se llame, me fascina. A
bordo de mi pequeña embarcación me siento libre, es algo así como si
estuviera en territorio neutral, lejos del mundanal ruído...

¿Te apetece saber cómo soy? Ven junto a mí, acércate, echaré mi brazo sobre tu hombro y te invitaré a dar un paseo al tiempo que descubro mi alma. Si te parece bien podemos caminar, "mientras hablamos", por uno de tantos senderos que atraviesan los montes de arriba abajo y de derecha a izquierda. El olor a tomillo, el aroma de los pinos, el canto de los pájaros y el murmullo del viento serán sólo quienes nos acompañen en esa breve excursión a través de los sentimientos; o, si lo prefieres, sentémonos a la orilla del mar, junto al rebalaje, justo en la línea donde las olas se acercan con timidez para lamer nuestros desnudos pies, al mismo tiempo que la brisa, con su continuo susurro, nos rodea y embriaga de marismo. Todo esto para decirte que amo a la naturaleza por encima de todo, ya que sólo ella dispone de la llave para acceder a la verdadera felicidad. Pues bien, en un lugar o en otro, mientras caminamos lentamente como dos buenos amigos o clavamos nuestras miradas en la línea infinita del horizonte marino, te diré que soy un hombre anclado a los sentimientos más nobles, una persona que cree en la amistad, que adora la familia, que respeta el medio ambiente y que, a pesar de todo, cree en el amor eterno; que está seguro de que nuestro destino está escrito y de que existe un Dios, llámese como se llame, que todo lo dirige y controla.

También te diré que mi alma es sensible a las alegrías y a las penas, que soy extrovertido, pasional, vehemente y caprichoso, lo cual me ha dado muchas alegrías y no pocos quebraderos de cabeza. Pero soy como soy y a estas alturas de la vida no voy a pedir que me cambien, porque eso ni sería posible ni tampoco lo deseo. Y esa es la razón por la acepto a los demás como son, con sus vicios y virtudes, altos/as o bajos/as, guapos/as o feos/as, porque, a fin de cuentas, todos somos hijos de Dios y tenemos los mismos ancestros.

Asimismo te diré, y hablo por experiencia, que todos llevamos a cuestas una cruz más o menos pesada, una cruz que no debemos cambiar por otra porque siempre, la nuestra, aunque creamos lo contrario, será la más liviana. Así es que levanta ese ánimo si estás decaído, enamorate si no tienes amor, perdona si guardas rencor y ama todo lo que te rodea porque, como sabes, nada es eterno y sólo perdurará la huella que dejes a tu paso por este mundo.

Que seas feliz… y gracias por haber dado este breve paseo conmigo.

Un abrazo

Francisco Miranda